En la búsqueda de mi proceso creativo perpetuo, me nutro de otros talentos en un intento desesperado de empujar todo lo que se me atraganta. Conseguir al fin que emerjan todas las emociones que se me arremolinan y se me agazapan en el cuerpo para lograr que la sal que escondo en los ojos, pueda por fin fluir tras un periodo de sequía vital. Es como dar grasa a un engranaje con herrumbre, pero que aún es útil, en definitiva dar sentido a este paso agridulce que significa transitar la vida.
Y aquí estoy, intentando complacer una petición que se me hizo una noche lluviosa de abril, en un casco antiguo, donde la vida, a algunos se les antoja urgente, y a otros un castigo.
De testigo? la Pulchra leonina, ahí es nada!
Intentaré ser fiel a lo vivido, y espero que la memoria me haga quedar bien.
Y la historia empieza así...
Son casi las doce del mediodía de un sábado soleado, estoy triste e intento disimular, algo que hemos ido perfeccionando con el tiempo, y que nos ha convertido en los farsantes más eficientes. Me asomo por la ventana y veo que del coche, empiezan a bajar instrumentos y un ciclón de vida, en forma de músicos demasiado jóvenes.
Otra vez, si.
En mi casa.
En un bodegón viejo, que alberga cachivaches de todo tipo.
El ruido que lo cura todo va a conseguir arrancarme de un manotazo cualquier vestigio de melancolía. Enseguida se enchufan las pedaleras, la guitarra y el bajo y lo sé, porque el sonido seco e inconfundible que hace el interruptor en los amplis cuando la corriente eléctrica los atraviesa, es inconfundible. Mientras me ocupan mis rutinas, empiezan a sonar esos rocanroles del repertorio que me conozco de memoria y canto con atrevimiento, no pido permiso para desmelenarme y a esa altura ya soy una estrella del rock doméstica.
Este año, han homenajeado a Ilegales, y joder, que pasada!
Acaba el ensayo y con él, el bullicio.
Los chavales se han vuelto a montar en el coche y desaparecen para perderse en el asfalto.
Bajo a hacer un breve reconocimiento del terreno, las colillas por el suelo y las latas vacías de cerveza desperdigadas, me arrancan una sonrisa cómplice y me vuelven indulgente, a mi que soy una tirana del orden y la disciplina.
El bolo es en León y como otras tantas veces, nuestro propósito es acompañar. A las ocho y media, coronamos el Manzanal y media hora más tarde y habiendo conseguido pasar el infernal trámite de aparcar el coche, nos recibe una lluvia intensa que nos jode el paseo por el húmedo. Caminamos entre borrachos, golosos y embusteros y llegamos a la sala, con cierta dificultad. Nos ponen un sello en la mano, nos saludamos todos, pido una estrella y salgo a fumar. Tras la puerta enorme de cristal, me encuentro con Marién y con Samu, y hablamos de testamentos vitales y del proceso imparable de la existencia. Entramos y aunque somos pocos, estamos todos los que tenemos que estar, poco después comprobamos que va llegando gente y que aprecia que tres chavales que apenas pasan la veintena, estén haciendo versiones y temas propios, en vez de reggaeton, y lo agradecen con aplausos y vítores. Algo habremos hecho bien.
El ser list se ha completado y toma el relevo un pseudo grupo valenciano con mérito cuestionable, porque llevan base pregrabada y sonaban demasiado a U2. Me quedo unos veinte minutos por cortesía, cojo el abrigo y salgo a la calle. Entre el local y la acera, me encuentro a Vázquez comiéndole la boca a una piba pelirroja, me mira, nos sonreímos y llego por fin hasta donde está mi tribu.
Me presentan gente nueva, nos ponemos a hablar de los clásicos de la literatura, yo recomiendo a Samu un libro de poesía y compruebo que el crisol que formamos todos en medio de la calle es adorable. Allí la fe más ortodoxa, convive con el agnosticismo, y el pecado, y aún así, allí estamos todos sonriendo, prometiendonos barbacoas veraniegas y mates iniciáticos en la cultura que me vio nacer.
Es casi la una de la madrugada, y a mí me hubiese gustado quedar de marcha con los putos Mösz, pero no quiero pecar de madre inoportuna y me despido de toda aquella fauna hermosa. Las calles del húmedo explotan de vida y vicio.
Volvemos a casa atravesando la noche oscura, cabalgamos en sentido contrario para llegar a un destino que se antoja acogedor.
De camino, posteo una foto que le hice a una botella del bar que rezaba: "Plata o plomo" y mentalmente empiezo a tararear Tuyo de Amarante, que pedazo de canción, la pucha!
Al día siguiente, la anécdota son unos chupitos asesinos, que bajan por la tráquea quemando tejido y dignidad a partes iguales, y lo demás ya es historia.
Otro cartel más para el portfolio, otro recuerdo para atesorar.
Por que sigamos descubriendo mezclas alcohólicas imposibles, y porque la música nos congregue siempre, allá donde sea reclamada...
Salud, cabrones!



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